Apenas abro
los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente,
ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar1. No es que
me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y
removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–,
sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo
allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del
mundo, puedo esconderme, de mañana, bajo mis mantas, hacerme tan pequeño
como pueda, puedo dejarme fundir al sol sobre la playa, pero siempre
estará allí donde yo estoy. El está aquí, irreparablemente, nunca en
otra parte. Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, es lo que nunca
está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de
espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo.
Pero hay también una utopía que está hecha para borrar los cuerpos. Esa utopía es el país de los muertos, son las grandes ciudades utópicas que nos dejó la civilización egipcia. Después de todo, las momias, ¿qué son? Es la utopía del cuerpo negado y transfigurado. La momia es el gran cuerpo utópico que persiste a través del tiempo. También existieron las máscaras de oro que la civilización micénica ponía sobre las caras de los reyes difuntos: utopía de sus cuerpos gloriosos, poderosos, solares, terror de los ejércitos. Existieron las pinturas y las esculturas de las tumbas; los yacientes, que desde la Edad Media prolongan en la inmovilidad una juventud que ya no tendrá fin. Existen ahora, en nuestros días, esos simples cubos de mármol, cuerpos geometrizados por la piedra, figuras regulares y blancas sobre el gran cuadro negro de los cementerios. Y en esa ciudad de utopía de los muertos, hete aquí que mi cuerpo se vuelve sólido como una cosa, eterno como un dios.

